Actividades · Córdoba, 1978

Amor a primera vista

Cómo El Caminante llegó a la familia

Nuevamente estaba allí. Como muchos de los días que pasaba para ir al trabajo, estaba estacionado allí.

Llamaba mi atención su antigüedad, el pequeño capot, su capota, pero sobre todo, sus altas y delgadas ruedas de rayos de madera.

Fue hasta que un día la curiosidad pudo más y me detuve a hablar con su dueño, que le estaba haciendo alguna tarea de mantenimiento.

Ese día conocí al que sería luego mi amigo y tutor en temas de los Ford T, Daniel “Machito” Misano y su T modelo 17. En un corto diálogo, me relató las principales características de los Ford T, modelos, años de fabricación y otros datos que yo asimilaba con mucha atención, porque siempre me gustaron los autos antiguos, pero, casado hacía pocos años y construyendo la casa familiar, casi descartaba lo que consideraba debía ser caro y casi inaccesible en ese momento para mí.

No resultó tan así, según lo que me decía, y comencé a darle alas a mi sueño de tener un auto antiguo, verdaderamente antiguo. Y creía que ese anhelo se podía concretar más fácilmente en la próxima visita a mis suegros en la localidad de San Carlos Centro, Provincia de Santa Fé.

Así fue que, comenzando el otoño del 78, viajamos en nuestro Fiat 600 a ese pueblo con la ilusión de mostrar a la familia de mi esposa a nuestro recién nacido hijo Mauricio.

Ya allá, comencé a indagar sobre algún Ford T a la venta. Dos o tres conocidos de mi suegro me apuntaron coincidentemente a un modelo 26 que había sido prácticamente vendido a un desarmadero local. Inmediatamente y con la ansiedad que eso implicaba, me trasladé los 10 kilómetros que me separaban de San Carlos Norte, donde estaba ese auto.

Al fondo del pueblo, casi en sus afueras, estaba una antigua herrería. A su lado, un gran ombú servía de referencia. Allí vivía solitariamente Eduardo Amadei, trabajando en lo que había sido el oficio de su abuelo y su padre. Solterón y parco en su trato, me llevó a un garaje en el extremo del taller y allí estaba el auto, un modelo 26 con un perro durmiendo en lo que había tomado como su cucha, su asiento trasero.

Fue un amor a primera vista. Yo lo anhelaba y él me necesitaba. Amadei me explicó que había sido el auto de la familia desde que su padre lo compró 0 Km., pocos meses antes de su nacimiento, pero ya le daba vergüenza andar en él, y me contó que tenía casi cerrado trato para venderlo a la chacarita, donde sería desarmado y vendido por partes. Me costó convencerle de que me lo vendiera y quedamos que a los 15 días volvería a buscarlo.

Antes de retirarme, le pedí ver el resto de la herrería. Me quedé asombrado, era prácticamente un museo. Constaba de tres o cuatro salas donde había viejas y pesadas máquinas movidas a correa plana por medio de un eje con poleas de madera, el que cruzaba todas las dependencias a la altura del techo y, lo más llamativo, movido por un viejo motor de Ford T al que le habían sacado dos pistones, para disminuir su consumo.

Única foto del auto con el anterior dueño y sus sobrino-nietos
Única foto que tenía del auto el anterior dueño, con sus sobrino-nietos sobre él. El paragolpe, hecho por su padre, luego se lo saqué, ya que era muy incómodo para darle manija

Y así regresé a la casa de mi suegro, haciendo figuritas en la ruta con el volante del Fiat, de puro contento. Por supuesto que no le dije a la familia, menos a mi esposa, lo que había pagado por el auto, que no era un precio excesivo, pero era plata que estaba distrayendo del presupuesto destinado a la obra de los dormitorios de los chicos.

Al segundo fin de semana, volví a San Carlos a buscar el auto.

Me recibió un temeroso Amadei, quien me dijo que se había arrepentido de la venta ya que el auto no tenía papeles y no estaba hecha la sucesión. Un largo diálogo y algunos pesos más lo terminaron convenciendo. Fuimos a un escribano del pueblo, donde su madre, aún viva, estampó su huella digital en el boleto de venta, ya que no sabía escribir ni firmar.

Desde el comienzo de nuestra relación con El Caminante, el tema de los viajes de larga distancia fue una constante. Precisamente en el más largo de todos, de La Quiaca a Ushuaia, varios años después, fue que lo bautizamos con ese nombre.

Para traerlo a Córdoba no se me había ocurrido buscarlo con un acoplado o trailer, que, además, no poseía. Lo iba a traer rodando los 330 kilómetros que nos separaban de Córdoba. Mirándolo con la perspectiva de los años transcurridos, ¡ese primer viaje era una total locura! Si bien conocía de mecánica, a la vejez del auto se sumaba mi desconocimiento absoluto del modelo, con su particular sistema de encendido original con bobinas de madera, ni su transmisión con solo pedales y menos aún cómo se conducía.

Una rápida y no muy entusiasta clase teórica de conducción y regulaciones de encendido y carburación bastaron para la poca paciencia del vendedor y la ansiedad del comprador. Y así, corcoveando y tosiendo, regresamos al pueblo de mi suegro para fabricar con una cinta de ventana de enrollar la correa plana del ventilador, que faltaba.

Daniel Bollo al volante de El Caminante, pocos días después de comprarlo y traerlo a Córdoba, junto a su abuelo paterno
A pocos días de haberlo comprado y traído a Córdoba, junto a mi abuelo paterno

Más de trescientos kilómetros y diez horas después, cansado pero feliz, llegábamos a Córdoba en tres cilindros, ya que no sabía regular las bobinas de encendido. Ya estaba El Caminante en su nueva casa.

Al mes siguiente se desarrollaba aquí, en Argentina, el mundial de fútbol, y, al salir con él a festejar los triunfos de nuestro equipo por las calles de la ciudad, terminábamos con más de 10 personas subidas a sus estribos, con banderas y vitoreando.

Su restauración y pintura se alargó por más de diez años, merced a las prioridades económicas de la familia. Participaron, en la mecánica, mi primer contacto con el mundo T, Daniel Misano y la chapa estuvo a cargo del personaje cordobés apodado “cara e’ yuvia”. La tapicería y capota requirieron otro viaje a San Carlos, para que las realizara quién había hecho el mismo trabajo hacía treinta años, el sancarlino Rey. A fines de 1991 finalizó su restauración.

Los hermanos Amadei junto a El Caminante en 2001
Los hermanos Amadei, antiguos dueños de El Caminante, en 2001, en ocasión del paso por su pueblo natal, rumbo a Ushuaia

Y allí comenzaba una larga historia de muchos años y kilómetros compartidos, salidas con amigos, viajes cortos y largos, pero esa es una historia que requiere un capítulo aparte.